Biografía del cadáver de una mujer I: Leticia Peres Mourao

Sí, el cuerpo que yace sin vida es el de una mujer. ¿Cómo ha llegado esta mujer a ser un cuerpo muerto? ¿Quién fue este cadáver de mujer? Porque, si seguimos mirando, solo sabremos que murió de forma violenta, muy violenta, y pensaremos que carece de identidad y de nombre, y a veces, según la ferocidad de la violencia, también de rostro. Y entonces nos preguntaremos quién fue mientras vivía. O deberíamos hacerlo. ¿Cuál es la biografía de este cadáver de mujer? ¿Quién la mató? ¿Por qué?

Por Mabel Lozano

La mañana del 15 de noviembre de 2005, Leticia Peres Mourao adquirió la condición de testigo protegido al denunciar ante la policía su situación de mujer esclavizada y explotada sexualmente en distintos locales de alterne de Tarragona, pertenecientes todos ellos a un proxeneta español.

La policía la animó y convenció finalmente a que lo hiciera, a que interpusiera la denuncia al mafioso y a toda su banda de delincuentes que la explotaban cruelmente, obligándolas, a ella y a sus compañeras, a hacer incluso 40 servicios al día, utilizando como coacción las amenazas, las multas, las palizas… Leticia lo hizo, se atrevió a denunciar a su proxeneta.

Le ofrecieron acogerse a lo que ellos llaman ley de protección de testigos que a Leticia le sonó muy bien, y se acogió. Le prometieron salvaguardar su identidad y ella les creyó. Le dijeron que estuviese localizable, que tendría que llegar hasta el final del juicio, que no tuviera miedo, por su bien y el de todas las mujeres que quedaban atrapadas en manos del proxeneta. Ella, a pesar del miedo contenido, fingió no tenerlo, y aceptó.

Leyó la denuncia, palabras huecas que relataban unos hechos que, aunque a ella le sonaban como suyos, realmente, lo que había sufrido Leticia no lo podía describir con palabras. Le pidieron que firmara y así lo hizo.

A pesar de lo que habían dicho los policías españoles, que era muy valiente, Leticia no había denunciado los abusos y la vida infrahumana a la que era sometida por valor; al contrario, lo había hecho por miedo. El mismo miedo que se coló en su pequeña maleta cuando, sentada en el avión que la traía a España desde su Brasil natal, pensaba que quizá nunca volvería a ver al hijo que dejaba. El pequeño era la razón por la que Leticia se embarcaba en esa aventura incierta al otro lado del mundo. Ese mismo temor que nunca la había abandonado. Desde que llegó convivía cada día con otras mujeres que también lo tenían, miedo que mutaba incluso en terror.

A la denuncia de Leticia se sumo la de otra mujer víctima de trata, captada como ella en Brasil y explotada por la misma organización asentada en Tarragona y Barcelona. Con ambas denuncias interpuestas frente a la policía, esta llevó a cabo una ardua investigación que duró más de cinco meses, dando como resultado la entrada y registro de burdeles y pisos de citas, así como la detención de quince personas pertenecientes a este clan mafioso, además, de la liberación de treinta y cinco mujeres explotadas en los locales.

Toda una gesta para las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que esa misma tarde de primavera echaba las campanas al viento, proclamando a bombo y platillo su éxito frente a las mafias, y así se lo contaban a los medios de comunicación: “Desarticulada una red mafiosa en Tarragona que captaba a mujeres sudamericanas y de países del Este para obligarles a ejercer la prostitución, por las provincias de Tarragona y Barcelona. El cabecilla, su esposa y más de diez detenidos. La investigación sigue abierta y no se descartan más detenciones. Treinta y cinco mujeres han sido liberadas…”.

Lo que no decía la nota de prensa era que el juzgado de instrucción número 5 de Tarragona no ordenó prisión preventiva para ninguno de los miembros de la red, como tampoco dictaminó el cierre de ninguno de los locales. Los imputados siguieron en libertad y todos los burdeles abiertos, donde esa misma noche las mujeres “liberadas” regresaban mansamente al redil para ser de nuevo prostituidas en condiciones abusivas.

El proxeneta y todos los componentes de la red mafiosa cenaban y dormían tranquilamente en sus casas esa noche. Leticia, por el contrario, aterrada al ver que todos estaban en libertad, puso pies en polvorosa para esconderse en Barcelona, en el piso de un chico con el que mantenía una relación sentimental. La voracidad de su miedo no la dejarían cenar ni dormir.

En cuestión de días, a Leticia la localizaron en Barcelona varios de los esbirros del proxeneta. No les convenía que los vieran hablando con la causante del “problemilla” de su jefe con la justicia, así que, una vez que supieron la relación sentimental de la mujer con el chico del piso barcelonés, decidieron hacerle a él una “troncha” –como llaman en el argot de la delincuencia a una espera o vigilancia–. Así, una noche, cuando el hombre regresaba a casa, le dieron un recadito para su compañera: “Esto no era sino una visita de cortesía entre viejos amigos que la querían, y por su bien pedían que retirara la denuncia. De no ser así, no habría agujero en la tierra donde pudiera esconderse, la encontrarían, tanto a ella como al cochinillo que tenía engordando en Brasil donde tenían buenos amigos”.

Leticia regresó a su país tan pobre como cuando salió, con la única compañía de su maleta que contenía todas sus pertenencias, más los problemas, el miedo y la decepción de que el sueño europeo no se hubiera cumplido. Pero, al menos, Leticia estaba de nuevo al lado de su hijo, con su gente, en su favela… Quería olvidar, pasar página, comenzar a recuperar un tiempo perdido al lado de su niño, sanar sus múltiples heridas y que la vida empezara a ser menos cruel con ella.

Conoció a Flavio Barbosa, un joven al que no le importaba nada su pasado, tan solo el futuro que compartirían. Le propuso abrir un negocio juntos para que no tuviera que prostituirse nunca más, ni tener que migrar abandonando a su hijo.

Flavio era romántico, amable, educado, divertido y se mostraba atento a los deseos de Leticia. A ella se le veía feliz y esperanzada, porque la vida la ofrecía una nueva oportunidad. Solo enturbiaba ese momento el recuerdo de su compromiso con la justicia española, pero empezaba a dudar sobre seguir con la denuncia porque tenía muchísimo miedo. Todos seguían en libertad y ella recordaba las amenazas… Su compromiso, los valores humanos, estaban en conflicto con el momento de felicidad y tranquilidad que empezaba a vivir.

La mañana del 8 de marzo de 2009, Flavio citó a su enamorada para almorzar, quería hablarle de su futuro negocio juntos. Leticia llegó al bar muy nerviosa e intranquila, ya que la noche anterior había recibido la llamada de la Policía española para organizar su regreso de cara al inminente juicio contra su explotador. Su testimonio era crucial para meter en la cárcel al proxeneta acusado de prostitución forzada, blanqueo de capitales y asociación ilícita. La policía se haría cargo de su billete y de los viáticos, además de su protección. No debía temer nada, le habían insistido, porque la amparaba la ley de protección de testigos, además de que todo ese tiempo los españoles habían tenido a su proxeneta vigilado y controlado.

Ella era la principal testigo de cargo y todo, por desgracia, se basaba en su declaración, le contaba apesadumbrada a su novio. También compartió su conversación con la mujer de su exmarido, a quien le había pedido que, si a ella le ocurriese algo, cuidara de su hijo como si fuera suyo.

El joven la miraba y escuchaba en silencio. La vio tan tensa que se levantó de su silla, recorrió los pocos pasos hasta situarse de pie detrás de ella, puso sus manos sobre los hombros de la mujer que había enamorado y comenzó a darle con una mano un suave masaje en el cuello, mientras que con la mano libre sacaba un revolver calibre 38 y le descerrajaba un tiro en la nuca.

Flavio tranquilamente abandonó el restaurante y el cadáver de Leticia, para subirse a la moto que le esperaba fuera. El trabajo estaba hecho.

La policía de Brasil tardó en detenerlo más de cuatro meses. El sicario confesaría más tarde que el crimen por el que le pagaron 4.000 reales (unos 1.500 euros) fue un encargo en nombre de un español que tenía problemas con la justicia por culpa de Leticia Peres Mourao.

 

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