¿Por qué decimos trata cuando queremos decir esclavitud?

Por Charo Izquierdo

Por segundo año se celebra el Día Internacional de la Lucha contra la Trata de Personas, instituido por la ONU, que previamente firmó en el año 2000 el Protocolo de Palermo para prevenir, reprimir y sancionar la trata de personas, especialmente de mujeres y niños. Desde entonces, al menos se ha visibilizado una lacra humanitaria, un negocio con los seres humanos que poco se conocía y que menos se miraba. Pero además se han puesto los cimientos para una lucha internacional más integrada y mejor articulada… Y, sin embargo, parole, parole, parole…; palabras que encubren otra. Más dura. Más contundente. Más intolerable: Esclavitud.

Hablemos de esclavos. Aunque nos produzca vergüenza. El número de mujeres, niñas, hombres, niños que son víctimas de trata no ha parado de aumentar. Esclavos. Se aprovecha su situación de pobreza absoluta, de esos seres humanos que no tienen ni un dólar al día para sobrevivir para ofrecerles el paraíso de una vida mejor, de un trabajo mejor, ¡TRABAJO!, de una existencia en la que comer no sea una quimera…, por ejemplo, para reclutarles como los esclavos de la sociedad del siglo XXI, como trabajadores sin derechos, como explotados sexuales (explotadas en su mayoría) con los que seguir hinchando las arcas de uno de los negocios ilegales más lucrativos, concretamente el tercero, pero acercándose cada vez más peligrosamente al segundo, que es el tráfico de drogas (el primero sigue siendo el de las armas, faltaría más).

Las mujeres, las niñas, los hombres, los niños son algo más que esos 20,9 millones de personas que según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) engrosan las víctimas de trata. Son más que los 35.000 millones de dólares que generan como negocio al año. Tienen padres. Tienen hijos. Tienen nombres. Son seres humanos, cuyos derechos más básicos son vulnerados desde el momento en que son captados para ser “tratados”. Ven vulnerado su derecho a la vida, a la sanidad, a la educación, a la dignidad, sus derechos más básicos.

Hablemos de violación de derechos. En el caso de las mujeres tenemos que citar además la conocida feminización de la pobreza; más pobres, por pobres y por mujeres; más víctimas si cabe, porque no solo pueden ser engañadas como en el caso de los hombres para la explotación laboral, sino que además lo son para la explotación sexual, cuando no para ambas (si bien el consumo de materia prima masculina para el sexo va en aumento). El 55% de las víctimas de las que habla la OIT son mujeres. El 79%, con fines de explotación sexual, incluyendo a las niñas, que resulta a todas luces lo más intolerable (según Unicef, dos millones de niños son víctimas de trata en el mundo).

Hablemos de personas. De seres humanos. Como Luna, la protagonista de mi novela Puta no soy, basada en uno de los personajes del documental Chicas Nuevas 24 horas, de la realizadora Mabel Lozano. Una niña de quince años, peruana, del alto andino, engañada con el señuelo de un trabajo de camarera en el sureste, en Madre de Dios, una región desforestada por la minería ilegal en la que crecen como setas los poblados con prostibares, en los que obligan a prostituirse a mujeres y niñas de todo el país, obligadas al sexo y a beber cerveza con los mineros, porque ahí está el negocio para sus explotadores. ¡Una niña!, una adolescente alejada del “lolismo”, cuyo único interés era conseguir dinero para su familia, seguir subiéndose a los árboles y jugar al fútbol.

Hablemos de esclavas. No son putas.

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